"Ha sido uno de esos partidos que dejan huella" Chaparro
El 7 de febrero de 1937 tenía lugar uno de los episodios más dramáticos de aquella nuestra Guerra incivil. 60.000 almas; hombres, mujeres, ancianos y niños, eran evacuados ante la toma inminente de Málaga por tropas nacionales a través de la carretera que conduce a Almería. En el camino, eran bombardeados desde mar y aire sin piedad por los rebeldes, acabando con la vida de cinco millares de personas. Poco más de setenta años después, y salvando las abismales distancias, la Federación y el Comité de Competición pretendían otro exilio masivo con el que herir todavía más al Betis y a su maltrecha reputación. El encuentro de ayer hizo justicia. Por ahora…
Sobre el terreno, se jugaban algo más que tres puntos. El Barça quería dormir echándole el aliento en el cogote al Madrid, mientras que el equipo local pretendía demostrar que el Ruiz de Lopera no es Afganistán o Irak, por mucho que nos lo quieran vender así. Las botellitas, para la cercana feria, que los que van al campo lo que quieren es ver fútbol.
Y vaya que si lo vieron. Un fútbol de esos que hacen afición. Afición verdiblanca, concretamente. De esa que es capaz de ver a su equipo vencido, pero no parar de animar, y decirle al que tienes en el asiento de al lado, a pesar de no conocerlo de nada: “Tranquilo, este partido lo ganamos”.
En el minuto 5, vamos a poder entender la primera parte en una sola jugada. Henry hace una espectacular chilena que para Casto, sacando rápido para organizar un contraataque que culmina Mark González con un potente disparo que para Valdés. Esos son los primeros cuarenta y cinco minutos: toque del equipo blaugrana ante un Betis muy replegado atrás a la espera de alguna contra orquestada por su potente trío de ases.
Pero el resultado gafas no podía durar mucho con este juego. Iniesta, que si se cortara el pelo a la moda y su novia se llamara Victoria sería considerado ya como galáctico, se saca un balón de la chistera en la media luna que Eto´o remata acrobáticamente. El balón da en el larguero, pero Bojan, sin duda el más listo de su clase, rebaña la bola para con mucha clase adelantar al equipo visitante. Dos minutos después, en el 14, Eto´o le pide a Iniesta otra oportunidad para marcar su gol número 13-¡¡en 13 partidos!!-. El de Fuentealbilla, que es un buenazo, accede, poniéndole un balón muy parecido al camerunés, quien de cabeza, y con la colaboración del meta local, parecía romper definitivamente el partido. La pregunta siguiente era: ¿cuántos más caerían? En el 18, Iniesta pretende cobrarse su premio con un gran disparo ante el que responde igual de bien Casto. Sabía el fútbol que había en sus guantes el joven cuando rechazó jugar con el Albacete en Segunda para firmar por el filial verdiblanco, por entonces en Tercera división.
El resto del primer asalto va a ser un monólogo blaugrana de los que tanto gustan, con un Betis que no quiere el balón en ningún momento, sino que aguanta y presiona lo que puede hasta llegar al descanso, donde una ducha fría y una dosis de Resistiré harían efecto en los gladiadores heliopolitanos.
No obstante, no parecía que pudieran cambiar mucho las cosas hasta la entrada de Sobis y Odonkor. Si hay un manual del buen entrenador, deben incluir a Chaparro en el apartado de Cómo hacer un buen cambio en el momento correcto. La chispa del brasileño y la velocidad del alemán, unidas a la enorme presión de los locales y la salida del campo del niño prodigio Bojan, serán factores decisivos en la construcción de otra página en el libro Hazañas en Verde y Blanco, que algún día me decidiré a escribir…
En el minuto 17 de la segunda parte Sobis pone un balón al “mejor cabeceador de Europa”, según su representante, para que Edu siga agrandando su leyenda. Locura en la grada, y una sonrisa que se dibuja en la cara de los más viejos. La remontada estaba próxima. Odonkor quería hacerse notar, y varios minutos después invita a bailar a Thuram, llevándoselo en carrera, pero fallando solo ante Valdés.
No le afectó el fallo al velocista germano, quien en el 28 vuelve a ganarle la partida a la defensa culé, para ser derribado por Abidal. Penalti. Silencio en la grada, Edu coge carrerilla y… ¡falla! No podía ser, nadie quería creer que su mejor jugador había perdido la oportunidad de oro. Es entonces cuando aparece Juanito, el capitán. Define la RAE como capitán: “Persona que encabeza una tropa”. Ayer Juanito se sabía el capitán de la nave verdiblanca, esa que forman jugadores, abonados, simpatizantes, e incluso el chino de turno que va a Sevilla a hacer fotos a todo. Y un capitán nunca le falla a su tropa. Es por eso por lo que, tras un saque de banda, controla el balón con el pecho en el borde del área, para marcar un auténtico gol de estrella. Ahora son lágrimas lo que surcan la cara de los aficionados. Un padre que levanta a su hijo, aturdido, y, en plena euforia, le dice: “Por esto somos del Betis”.
No hay dos sin tres, que dicen. Lo difícil ya estaba hecho. El resto, lo podía hacer un solo jugador alentado por la afición andaluza. A estas alturas, quien siga pensando que la hinchada del Betis puede ser representada por “el de la botella” o por cualquier energúmeno que se le parezca, que deje de leer, y yo mismo le invito al próximo partido en el Manuel Ruiz de Lopera, que vete tú a saber cuándo es…
Pues, como íbamos diciendo, un solo jugador podía hacer desequilibrar el partido, y ese jugador tiene nombre y apellidos: Luis Eduardo Schmidt. Edu coge el balón en la izquierda, dribla al desafortunado Thuram, para mandar, como la flecha guiada por Apolo que atravesó el tobillo de Aquiles, un misil a las redes del Fantastic Team. Como por arte de magia, ya no había botellas sobre el campo. Tampoco estaba Villar, ni ningún insulto hacia lo bético o lo andaluz. Entonces sólo estaban cuarenta mil almas llorando, ya no sólo viejos, también jóvenes antaño bravucones y temerarios. Los adultos recordaban a Esnaola, Cardeñosa, o Calderón. Poli Rincón, Alfonso, Finidi, Joaquín, Oliveira, pasaban en imágenes por la mente de todos y cada uno de los allí presentes… Los más pequeños lloraban al ver a sus mayores hacerlo. Y entonces, el niño anterior coge a su padre de la mano, y le dice: “Papá, ya sé porque somos del Betis”.
Quince minutos en un partido de fútbol son muchos. Pero si hay algo a lo que esté acostumbrado el bético de a pie, es a sufrir. Bendito sufrimiento, pues va a desarrollarse lo que quedaba de partido en pleno éxtasis. La machada estaba hecha, sólo quedaba que el árbitro pitara el final. Y lo hizo, con un pitido que devolvió a la realidad a todos. El Barça tiraba la Liga, a expensas de lo que haga el Madrid. El Betis, daba un pasito-pasazo- más por la permanencia, y de camino demostraba a todos eso que dicen de que “Dios aprieta, pero no ahoga…”