
“Empezar con un terremoto y, a partir de ahí, ir hacia arriba”, así es como veía el gran Hitchcock que debía empezar toda buena película, y así es como pudimos ver nosotros el partido disputado ayer en el Ramón Sánchez Pizjuán entre dos equipos, Sevilla y Zaragoza, con aspiraciones bien diferentes a estas alturas del campeonato.
Dispuestos a aprovechar el cansancio de los andaluces tras su choque contra el Fenerbahce, el equipo de Irureta empezará los primeros minutos tratando de tú a tú a uno de las mejores plantillas de España; y no le irá mal la cosa. No le iba mal la cosa hasta que en un lance del juego se lesiona Sergio, teniendo que entrar en su lugar Pavón. Déjenme, llegados a este punto, que les deje aquí la definición de pavón por mi tierra: “Dícese de aquel que tiene mucho pavo, vamos que está empanao”. Sin esta definición, no se explica cómo en la primera ocasión que tenga para marcar a Luis Fabiano deje adelantarse al brasileño para, a centro de Alves, empuje el esférico a las redes de César. El terremoto hispalense no había hecho más que empezar, para desventura de los pocos maños que poblaban el campo.
Así, si tuviera que escoger epicentro a semejante fenómeno, no tendría ninguna duda en señalar el segundo gol, acaecido escasos minutos después de abrirse la lata. Una oda al buen fútbol, sí señor. Triangulación perfecta entre Navas, Alves y Luis Fabiano, culminada por éste último, ante la que sólo podemos quitarnos el sombrero… Envidia le debería tener más de uno a Jiménez, que puede alinear sin problemas a sus 4 fantásticos sin usar calzador. Y vaya que sí fueron fantásticos el otro día.
Pero no sólo los que se llevan siempre los piropos, sino que jugadores como Keita y Maresca serán determinantes para ahogar de tal manera al Zaragoza que se veía incapaz de dar más de tres pases con el balón en los pies. No sé si era porque apenas entró en juego, o porque la dupla Oliveira-Milito no tenía su día, pero el caso es que hasta Aquimalo Mosquera no me pareció tan abominable como otras veces.
Antes del descanso, César tendrá la oportunidad de recoger otro balón dentro de sus redes, empujado por su propio defensa, Ayala. Lo cierto es que si no hubiera subido al marcador no debería habernos extrañado, pues Kanouté claramente se arrojó a la piscina. Será que el árbitro no lo pudo ver, al estar ocupado en sus propias piscinas (“qué hostia me he dao” fue lo único que dijo, en palabras de la gran periodista Susana Guasch).
La segunda parte empezará como terminó la primera: gol en propio puerta del Zaragoza, con cabreo lógico de César. Como curiosidad, queda la intención de Luis Fabiano de atribuirse el gol, hasta tal punto que al final del partido se queda el balón…¿Se lo firmarían los compañeros?
Cuando tu equipo está siendo humillado, a todo futbolista se le presentan dos opciones: aguantar estoicamente el chaparrón- que para eso te pagan- o borrarte del partido, como si eso hiciera que en el acta no apareciera tu dorsal y los aficionados te echaran de menos. Diogo, que recordando antecedentes tiene que ser ahora muy bético, abogó por la segunda opción, y en una entrada realmente fea al chaval de Albox, se ganó la roja directa. “Genial”, tuvo que pensar el pobre Jabo cuando veía cómo su equipo se quedaba con diez, al tiempo que se sentaba en el banquillo.
Aún quedaba más de media hora por delante de monólogo blanco y rojo, y los oés no dejaban de escucharse. Los jugadores se gustaban cada vez más, con un Maresca-l sensacional que recordaba al de su primera temporada. Este ambiente tan festivo era la ocasión perfecta para dar minutos a los que menos hemos podido ver a lo largo de la temporada. Y en eso que entraron dos muy rubios, uno muy negro y otro muy blanco, a tratar de ganarse el cariño de la gente y un puesto en el once-esto último más difícil-. Koné y De Mul dejaron algunos destellos de calidad, pero aún les quedan muchos días de tapitas para ser lo que se espera de ellos por Nervión.
Sólo faltaba redondear la noche, y a eso contribuyó el malí del equipo que no se encarga de marcar goles, sino de recuperar balones para estos. Keita recibió premio a su buena actuación cuando en un córner lanzado por Alves-otra vez el mismo- enganchó un testarazo ante el que no pudo hacer nada el portero visitante. Quizás la defensa sí, pero a llegados a este punto, nadie se sorprendió cuando dejaron solo al sevillista.
Del resto del partido, no hay nada reseñable, salvo los intentos sevillistas por hacer historia marcando seis en su propio feudo, cosa que nunca antes hicieron.
La lluvia, como lágrimas de alegría de aquel por el que San Pedro pagó la cláusula más grande, la vida, seguía regando incesante tras el pitido final la hierba y a los miles de fieles sevillistas que acudieron a su templo en busca de algo más que tres puntos; una ilusión a la que poder aferrarse lo que queda de temporada. Si todos los partidos van a ser como éste, pronto nadie se acordará de Míster Ramos-felicidades campeón-, y será Manolo Jiménez quien diga aquello de “lo mejor está por llegar”.